Una de las
incógnitas más antiguas de la historia de la humanidad, y probablemente la de
más difícil respuesta, es la de cómo surgió la vida en la Tierra. Desde tiempos
inmemoriales el ser humano ha tratado de dar respuesta a esta cuestión.
Primeramente
se acudió, como en todos aquellos fenómenos para los que no se encontraba
explicación, al animismo y la teología, como el Creacionismo cristiano sugerido
en el Génesis bíblico. Más tarde se indagó en explicaciones protocientíficas, la
más extendida de las cuales fue la teoría de la Generación Espontánea, ya
sugerida por Aristóteles bajo la forma de “entelequia” y concordante con el
vitalismo, que consistía en el insuflo de una fuerza vital a ciertas sustancias
inertes como los elementos clásicos (tierra, aire, agua y fuego) u otros,
frecuentemente fluidos. A partir del Siglo XVII se cuestionó ampliamente este
razonamiento, primero por Redi (1668), que vio que algunos gusanos no eran sino
larvas que depositaban las moscas, y más tarde y gracias al descubrimiento de
los microorganismos, fue Spallanzani (1768) quien demostró que la putrefacción de
la carne era provocada por microorganismos presentes en el aire; Louis Pascal
(1862) consiguió una demostración taxativa mediante sus ingeniosos matraces de
cuello de cisne, que permitían el paso del aire pero no de los microorganismos.
Ya en el siglo XX surgió la teoría de la Panspermia (Arrhenius, 1908), que
sugería un origen extraterrestre de la vida, lo cual no explicaba su formación
y además se cuestionaba su supervivencia ante las adversas condiciones sufridas
sin duda en el momento de entrar en la atmósfera terrestre. Los progresos de
las distintas ramas de la ciencia y la sofisticación alcanzada por el método
científico posibilitarían después hipótesis más elaboradas.
Esto empezó a
llegar de manos de dos científicos que desarrollaron de forma independiente una
hipótesis que constituye la base de las modernas investigaciones que se
efectúan actualmente para dilucidar esta cuestión. Éstos fueron Oparin (1924) y
Haldane (1928), los cuales propusieron un origen físico-químico de la vida en
algún momento de hace entre 4400 y 2700 millones de años. Para ello proponen en
primer lugar una evolución química en una atmósfera primitiva, formada fundamentalmente
por moléculas de hidrógeno, metano y amoníaco (de donde se tomarán tres de los
cuatro elementos principales de la materia orgánica: hidrógeno, carbono y
nitrógeno respectivamente), y que carecía de oxígeno, lo que le otorgaba un
carácter reductor sin degradar así los complejos químicos formados. En
interacción con esta atmósfera existía una abundante energía en forma de calor,
radiación ultravioleta no filtrada, descargas eléctricas y actividad volcánica
intensa, lo que permitía una alta frecuencia de reacciones químicas y una
rápida tendencia al cambio y la evolución. El descenso posterior de la
temperatura propició una condensación de todas estas sustancias gaseosas y del
vapor de agua expulsado por los volcanes (de donde se incorporará el cuarto elemento
principal: el oxígeno), formando lo que se ha llamado “sopa primitiva” en los
primigenios océanos terrestres. Aquí se formarían las primeras moléculas
orgánicas, protegidas de los rayos ultravioleta por el agua, y se irían
combinando entre ellas en microambientes protegidos donde estaban más
concentradas, formando así sistemas orgánicos. A partir de aquí acontecería una
segunda evolución: la denominada prebiológica, en la que dichos sistemas
comienzan a intercambiar materia y energía con su ambiente circundante, algunos
de ellos aumentarán la eficiencia de sus reacciones confiriéndoles estabilidad
y además mostrarán la capacidad de duplicarse; éstos serán más frecuentes y
persistentes, merced a una suerte de protoselección natural. El modelo usado para
simular dichos sistemas es el de los coacervados: pequeñas “gotas” con
moléculas biológicas y una membrana rudimentaria, formadas por la unión de
polímeros en solución mediante fuerzas electrostáticas.
La Teoría de
Oparin-Haldane incrementó su aceptación
cuando fue comprobada en 1953 por Miller mediante un experimento que mostraba
que casi cualquier fuente de energía puede convertir moléculas simples en
compuestos orgánicos complejos y variados. Los bioquímicos por su parte corroboran
su validez aprobando la disponibilidad en la Tierra primitiva de las moléculas
precursoras y fuentes de energía necesarias, elementos ambos ausentes en la
actualidad debido entre otras cosas a que los mismos seres creados por tales condiciones
las modificaron posteriormente: degradación provocada por el O2,
filtración de los rayos UV por parte del O3, etc. Sin embargo,
aunque parece haberse advertido los principios generales, quedan aún por
resolver los detalles: si surgió primero el ADN o las proteínas, ya que la
replicación de cada uno no es posible sin el otro, y todos los detalles de la
formación de la vida que han originado múltiples teorías e hipótesis (baste
consultar el concepto de “abiogénesis” en Wikipedia) sin que sea posible por el
momento conocer de forma precisa y terminante la crónica de nuestra creación.
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| Esquema del procedimiento realizado por Miller |
En
este blog se contemplará todo lo que se originó con este extraordinario
acontecimiento: formas de vida surgidas por efecto de la evolución de linajes
(anagénesis) y la diversificación de los mismos (cladogénesis), que les
confirieron respectivamente una complejidad y variedad abrumaduras que hoy día
tenemos el privilegio de conocer.
Referencias:
- Lazcano Araujo, A. 1983. El origen de la vida: evolución química y
evolución biológica. Trillas, México.
- Curtis, H., Barnes,
N. S., Schnek, A. y Massarini, A. 2008. Biología. Editorial Médica
Panamericana, Buenos Aires.

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